Mediados de agosto, el calor y la humedad son sofocantes y más en Verona, gracias al paso del río

Adige por el centro de la ciudad. Tras tres días de gastroturisteo por la ciudad, descubriendo pequeñas enotecas como la de
Santa Anastasia (en
Via Massalongo Abramo, frente a la Iglesia de S. Anastasia) y también míticas como
Antica Bottega del Vino(toda una institución en Italia), emprendimos la marcha hacia nuestra primera visita a bodega.
Primero cogimos un tren desde Verona, que nos dejaría en Trento. Una vez allí, alquilamos un coche para dirigirnos hacia la
Azienda Foradori en el corazón de
Mezzolombardo, a medio camino entre Trento y Bolzano. Gracias al GPS (invento

donde los haya) pudimos llegar sin problemas, porque de no tenerlo, no sé si hubiéramos sido tan puntuales a nuestra cita con Elisabetta Foradori. La bodega está situada a los pies de los
Dolomitas, en pleno Alto Adige. El mimo y el detalle con el que Elisabetta cuida la
Teroldego, única variedad que utiliza para sus dos vinos tintos, es impresionante. Poder visitar una bodega que normalmente no hace visitas es toda una maravillosa sorpresa, pero si a esto le añadimos que a los cinco minutos de estar allí, aparece en escena, como por arte de magia

Michael Wöhr para acompañarnos en la visita, la sorpresa aumenta cosiderablemente. Michael es el importador de vinos alemanes(Rieslings) más destacado de nuestro país, en la sociedad que comparte con Josep(Pitu) Roca,
Vins Alemanys.
Hechas ya las presentaciones, Elisabetta nos hizo
de cicerone por la finca que envuelve la Azienda, plantada exclusivamente de Teroldego. El tipo de cultivo que se desarrolla en toda la Azienda es biodinámico, lo que significa que para llegar hasta este punto y conseguir el sello de
Biodinamico Certificato ha tenido que pasar por una serie de primeros estadios como la agricultura ecológica entre otros.

El interior de la bodega es espectacular. Bajamos una escaleras hacia las entrañas de la Azienda y ya empezamos a sentir cómo desciende la temperatura hasta convertirse en ideal para el reposo del vino. Sin humificadores, el nivel de humedad y temperatura son ideales en esta
cantina de 1905, hecha construir por lo bisabuelos de Elisabetta. Un dato que nos sorprendió fue la utilización de bastante roble austríaco en la
cantina, con unos resultados, como más tarde comprobaríamos, magníficos.
Un avez terminada la visita a la
cantina, pasamos a la sala de catas donde Elisabetta, entre copa y copa, nos fue explicando todos los pormenores de sus dos vinos tintos, 100% Teroldego, a través de los últimos años. La evolución en las tres últimas añadas es espectacular, en calidad y armonía. Los primeros años de nuestra vertical

(2004, 2005 y 2006), tanto del Foradori
básico como de su
alta expresión Granatto, resultaron algo desequilibrados, como muy rudos y con un ataque bastante complicado en el 2004. En el año siguiente, el 2005, ambos vinos resultaron mucho más redondos y equilibrados pero sin llegar a la armonía y complejidad de 2006. Es a partir de este último donde esa evolución antes mencionada, se pone de manifiesto con toda su expresividad. La Teroldego, tan típica como denostada en esta zona del norte de Italia, expresa toda su mineralidad a través de los vinos de Elisabetta, evidenciando el terruño al cual pertenecen desde hace incontables generaciones. Fue un verdadero placer haber tenido la oportunidad de conocer de primerísima mano la Azienda Foradori, así como a Elisabetta, y que nos explicara al detalle toda la historia de esta fascinante variedad.

Antes de proseguir nuestro viaje, Elisabetta nos recomendó una pequeña enoteca, un poco más al norte, en el pueblo de
Egna (provincia de
Bolzano),
Johnson & Dipoli, un sitio regentado por un tal Vincenzo(como sabríamos más tarde) y donde pudimos probar varios de los vinos blancos más espectaculares del norte de Italia.
Eran casi las cuatro de la tarde cuando llegamos a Egna y el calor de pleno agosto nos hizo buscar desesperadamente la sombra. Pasamos por una calle adoquinada y porticada a ambos lados, y siguiendo por uno de los lados hacia el centro del pueblo, caímos en la cuenta de que estábamos en la calle que buscábamos,
Via Andreas Hofer. Unos cien metros má

s arriba, en la convergencia de dos calles y bajo los pórticos de origen medieval, vimos en el número 3 la pequeña enoteca, que parecía prácticamente vacía. Como nos pareció un sitio tranquilo, tomamos asiento en una de las mesas exteriores y pedimos dos copas: un Gewürztraminer
passito y un coupage de Sauvignon Blanc y Gewürz. De todos los vinos blancos que probamos durante aquella tarde, hasta bien entradas las ocho, nos quedamos con el que acto seguido cenaríamos:
Lieben Aich 2006(IGT) de la
Tenuta Manincor, un mineralísimo monovarietal de Sauvignon Blanc sencillamente extraordinario.
La tarde se ofreció maravillosamente tranquila entre copa y copa y como no podía ser de otro

modo, con alguna que otra sorpresa. A eso de las seis de la tarde apareció un tipo joven, vestido de cocinero, y al oirnos hablar en español se sentó rápidamente a nuestra mesa para preguntarnos de dónde éramos. Era Terry el cocinero provisional(durante 20 días) de la enoteca. Terry estaba casi de vacaciones y por referencias y amistad le hacía la campaña de agosto a Vincenzo. La formación de Terry como cocinero es vastísima, pero lo que más vendía Vincenzo a sus clientes era el hecho que Terry hacía tres años que estaba trabajando en el restaurante de
Ferràn Adrià(El Bulli) como cocinero y ya se sabe lo

que les gusta presumir en general a los italianos en cuestiones de imagen, en fin. Parece que después de una hora hablando con nosotros se le abrió el cielo al pobre cocinero que se veía obligado a cocinar pasta y cuatro cosas más de la escueta carta que ofrecía la enoteca. Él quería hacer algo más especial y sofisticado, y nos comentaba que la gente del norte no apreciaba lo suficiente ese tipo cocina.
Acabamos pidiéndole que nos preparase aquello que se le antojara para cenar y así fue: de primero un
Carpaccio de buey,

fresquísimo y muy apetecible para empezar. De segundo un
Risotto alla mustarda con alcaparrones y café espolvoreado, no tengo palabras para este sencillo e inefable plato, simplemente magia. El tercer plato fue
Pichón con suflé de calabaza y boniato, acompañado de semillas de albahaca germinadas al Campari. Extraordinario, sin más. Para cerrar esta magnífica comida, Terry nos había preparado un postre de creación propia que nos dejó de una pieza:
Helado de Bubble Gum sobre mozzarella(simulando la textura) y galleta, y acompañado de una salsa de fruta de la
pasión con piña. Absolutamente pantagruélico; de esas cosas que hay que probar alguna vez en la vida. Y cómo no, dos copas de un fabuloso Gewürz
passito jalonaron a la perfección este final de cena.
A la una pasada, después de haber hablado largo y tendido con Vincenzo y con Terry, nos despedimos porque al día siguiente teníamos cita en la Tenuta Hofstätter (Termeno), con nada más y nada menos que Martin Hoffstätter que nos haría de cicerone por las fincas y la bodega. Pero esta es otra historia que ya detallaré más adelante.
Salute, e alla vostra!!
Roger